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“El secreto y el sigilo fue quizás el arte que precedió al 10 de octubre. Las fraternidades masónicas son una institución discreta. Hoy lo podemos hablar y sé que en el público hay hermanos masones de distinto grado. Céspedes lo fue, como lo fueron también todos los que, reunidos en Las Tunas, tomaron la decisión de qué día y a qué hora se produciría el alzamiento”.

Así introdujo el Historiador de La Habana, doctor Eusebio Leal Spengler, el recorrido de casi una hora y media a través de pasajes remotos e impresionantes de la historia de Cuba. Ocurrió este lunes en el patio central del habanero Pabellón Cuba, durante una conferencia organizada por la Asociación Hermanos Saíz.

 “Se cuenta —apuntó Leal— que en una comida en que Céspedes participa con uno de los prominentes hombres, este le habla del tema más delicado, que ya no es el del tiempo, sino el de cómo; es decir, cómo obtener las armas, y Céspedes le responde en la mesa de una manera fulminante: la tienen ellos (los españoles). Esto se convertiría luego en una regularidad en la lucha y la insurgencia cubanas: la tienen ellos, por lo tanto, había que quitárselas, y no era fácil”.

 

”Yo adoro a Elpidio Valdés como creación artística y considero que ha jugado un papel importante en hacer atractiva la historia a nuestros niños y a todos nosotros. Pero deploro que se presente siempre al adversario con una estupidez generalizada. No fue así, y esto es lo grave del problema. Se desataría una fuerza telúrica sobre aquellos que decidieron alzarse, sólo comparable con las guerras en territorio peninsular, como la guerra civil española de 1936 a 1939, que enfrentó a padres con hijos y a hermanos con hermanos”, señaló.

En determinado momento durante la Guerra de los Diez Años, esa fuerza telúrica del ejército español llegó a alcanzar los 100 000 hombres. De ahí que durante su conferencia “Carlos Manuel de Céspedes: la virtud revolucionaria”, el Historiador reveló al primero en alzarse, al que por acuerdo, secundarían todos, y que “llegó a la revolución por la evolución de las ideas, no por el color de una cuna determinada”.

Según ha escuchado Leal, hay quien dice que Céspedes estuvo hasta en Jerusalén; no obstante, han sido comprobadas las visitas del abogado y políglota a Italia, Londres, Berlín, Estambul, París… y de cuyas vivencias en dicha capital, su descendiente, el desaparecido Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, guardaba un dibujo, la estampa del patriota y su esposa junto a la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, alrededor de un piano, acompañando al compositor Federico Chopin.

Sin embargo, como resaltó el Historiador, utilizó toda su influencia en función de la libertad. Céspedes, al igual que el vicepresidente de la República en Armas, Francisco Vicente Aguilera, y la mayoría de los hacendados quienes lideraron la Guerra, iniciaron acaudalados y murieron en la más absoluta pobreza. 

“¿Por qué el 10 de octubre y no otra fecha?” —se pregunta Leal—. Muchos dicen que por casualidad, pero yo opino que no. El diez de octubre era el cumpleaños de la reina Isabel II, y la monarquía habanera hacía una gran festejo. Por eso en la mañana de 10 de octubre, en La Demajagua, Céspedes lee su manifiesto al mundo, y ya sale con indumentaria de soldado”, relata.

En ese momento, Céspedes lleva una bandera diferente, “una bandera con los colores invertidos de la bandera chilena, elaborada por Candelaria Acosta, una hermosa joven mestiza con quien él engendró dos hijos. Y se alzó Céspedes, y ocurrió el Grito de Yara, el primer encuentro con el enemigo. Así se alzó, con doce hombres, y una voluntad inquebrantable, la misma que tuvo Fidel en Cinco Palmas tras la expedición del yate Granma”.

Una vez en Bayamo —prosigue Leal— Céspedes constituye un Ayuntamiento, con un negro y un obrero, por primera vez, sentados allí. Bayamo va a ser la primera capital de la Revolución, la ciudad a la que determinaron darle fuego ante la imposibilidad de detener el paso del enemigo.

Por otro lado, en los altos de El Pino, en las ventas de Casanova, se le ofrece al entonces joven dominicano de 37 años Máximo Gómez, la posibilidad de luchar primero por esa nueva Patria que va a ser también como la suya.

En la distancia, Bayamo debió parecer un bastión recién asaltado. Ilustra Leal que “en la frontera quedaba todavía el humo, y estaba ardiendo aun la famosa casa de las columnas, cuyos propietarios eran los padres de Céspedes. No así su casa que sobrevivió al fuego, en parte. Resulta que cuando el Conde de Valmaseda llega a la ciudad, encuentra allí un cartel que decía: Plaza de la Revolución. Esa fue la primera Plaza de la Revolución”. 

En palabras de Martí, rememoradas por el Historiador, la Asamblea de Guáimaro pensaba en el futuro, Céspedes pensaba en el hoy. Para el patriota, cada discusión era tiempo perdido, cada reunión era tiempo perdido, porque no se podía retrasar más el tiempo de la victoria.

Uno de los sucesos icónicos, fue el documento con cientos de firmas, al terminar la asamblea, por decenas de patriotas, pidiendo la anexión de Cuba a Estados Unidos. “Céspedes tuvo que darle de paso a ese documento —relata Leal— pero ante la promesa incumplida por el presidente norteamericano Grant, de apoyar la lucha, el héroe decide no trasladar el acuerdo al gobierno de los Estados Unidos”.

 

Días después, Céspedes escribiría en un manifesto a Manuel Mestre —cita el Historiador—: “por lo que respecta a los Estados Unidos, tal vez esté equivocado, pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación, y entre tanto, que no salga del dominio de España, siquiera sea para constituirse en poder independiente, y mucho me temo que cuanto haga y proponga sea para entretenernos y no acudamos en busca de otros amigos más eficaces o desinteresados”.

El ocaso del patriota vino tras su deposición por parte de la Cámara, no sin antes sufrir el intento frustrado de una salida del país, con la ayuda de su esposa, Ana de Quesada, quien fue traicionada por el poeta Juan Clemente Zenea y finalmente se vio obligada, en plena gestación, a salir de Cuba.

Confinado hacia la Sierra Maestra, en un lugar llamado San Lorenzo, el presidente viejo, como lo denominó Leal, recibía a través de los botes que llegaban los daguerrotipos —fue así como puedo ver a sus hijos nacidos en el exilio— y se enternecía mostrando a los campesinos el prisma de colores de la caja de Daguerre, con las imágenes de Carlos Manuel y Gloria de los Dolores, y en San Lorenzo, enseñando a leer y a escribir, cuando apenas ha cumplido los 55 años, le sorprenden los que vienen a asesinarlo.

Esta historia, devenida leyenda, podrá ser apreciada por el público mediante la ficción cuando en enero próximo, según anunció el Historiador, Ediciones Boloña publique una “fascinante novela” sobre Céspedes a manos de su coterráneo, el escritor Evelio Traba.

Un siglo y medio después de aquella epopeya, donde en palabras del Historiador, nació el mito de la revolución posterior, hay que reflexionar “qué caro costó este cielo, y esta tierra; qué caro defender la dignidad de una nación; qué caro y qué sublime vivir los tiempos que hemos vivido, y qué hermoso es haber tenido hombres como él, y como los que he mencionado”.

 (Fuente: HR)